Simbad el Marino: el tercer viaje

Fuente: Anónimo, Las Mil y Una Noches, Barcelona, Plutón, 2014, p. 118.

G. Bussière, Salammbo (1907)

Ella dijo:

– «… Pero si Alá quiere, yo os contaré las peripecias del tercero, que ciertamente es, con mucho, más asombroso que los dos primeros

Luego guardó silencio Simbad. Entonces los esclavos sirvieron de comer y de beber a los invitados, quienes se hallaban prodigiosamente asombrados por cuanto acababan de oír.

A continuación, Simbad el Marino hizo dar cien piezas de oro a Simbad el Cargador, quien las tomó, agradeciéndolo mucho, y se marchó recabando para su huésped las bendiciones de Alá, y llegó a su casa maravillándose por cuanto acababa de ver y de escuchar. A la mañana, el cargador Simbad se levantó, hizo la oración matinal y volvió a la morada del rico Simbad, como este se lo había indicado.

Fue recibido cordialmente y tratado con mucha deferencia e invitado a participar en el convivio del día y en los regocijos que duraron toda la jornada. Después de esto, Simbad el Marino, en medio de los atentos y graves invitados, comenzó su relato de la forma siguiente:

La tercera historia de las historias de Simbad el Marino, y este es el tercer viaje

Sabed, ¡oh amigos míos!, pero Alá conoce mejor las cosas que la criatura, que en la deliciosa vida que yo llevaba desde mi regreso del segundo viaje, en medio de las riquezas y del goce acabé por olvidar los males sufridos y los peligros corridos, y por sentirme molesto en la ociosidad monótona de mi existencia en Bagdad.

Por esta causa, mi alma deseaba con ardor el cambio y la visión propria de los elementos del viaje. Y yo mismo fui tentado de nuevo por el amor al comercio, a la ganancia y al beneficio. Pues siempre es la ambición la causa de nuestras desdichas.

Bien pronto habría de experimentarlo yo de la manera más terrorífica. Por tanto, puse inmediatamente en ejecución mi proyecto y, después de haberme provisto de ricas mercancías del país, partí de Bagdad para Basra. Allí descubrí un gran buque ya lleno de pasajeros y de mercaderes, todos los cuales eran buenas gentes, honrados, de corazón sano, conscientes, capaces para el mutuo servicio para vivir en compañía en las mejores relaciones.

Por esta razón no dudé en embarcarme con ellos en ese navío: y, tan pronto estuvimos a bordo, nos hicimos a la vela, con la bendición de Alá para nosotros y nuestra travesía. Nuestra navegación comenzó, en efecto, bajo venturosos auspicios.