A. Rajó, La puntuación castellana

Tratto da Cuentos de invierno (testo inedito, incompiuto, di Alexandre Rajó,  ca. 1965/71)

La puntuación castellana plantea, en ocasiones, problemas puntiagudos. No me refiero a la capacidad, que todos tenemos, para aplicar las normas que nos exige el conocimiento (básico o esmerado) de la lengua; sino de aquellos resquicios, en la estructura compacta del lenguaje, en su imperdonable flexibilidad, que reafirman su rareza a través de la singularidad, de la anomalía. Lo cual no deja de ser un alejamiento, solo aparente, de la lógica lineal. Tales peculiaridades permanecerían inefables si no nos socorriese la filosofía, cuya curiosidad, cínica y procaz, es superior a la nuestra.

Pongamos el caso de un autor que se haya quedado horas enteras (o partidas) o, porque no, vidas enteras, interrogándose sobre la oportunidad de poner un punto final a una frase, para afirmar una cualquier verdad irrefutable, o quizás su propio punto de vista. Y que, desubicándose, se extravié en la necesidad, laberíntica, o la necedad gris,  de enaltecer la relatividad del mismísimo punto, remplazando la vista lacónica de un punto sinmateria por otro signo, más articulado y sinvergüenza: un punto de interrogación.

Todo esto es muy interesante, podrían decir algunos, pero no es algo que suceda solo con el español. Cada idioma, a su manera, podría replicar la misma pregunta con signos muy parecidos: el otro día, por ejemplo, intervendría alguien – porque siempre hay alguien que interviene diciendo algo como que el otro día le había pasado algo parecido – hablé con mi vecino, que es inglés y precisamente se planteaba la misma pregunta en Manchester.

Y yo, que no tendría razones para dudarlo, sobre todo porque el hombre que afirmó esto es una persona muy respetable y muy amigo mío desde la infancia, lamento no creer ni una sola palabra de lo que dijo. Primero porque conozco sobradamente bien la ubicación de Manchester, y sospecho que no existan vecinos tan lejanos. Aun así: supongamos que me equivoque. El caso es que, pasando por alto los problemas de los ingleses, que seguro tendrán muchos, pero yo también los tengo los míos: anoche por ejemplo no me podía dormir porque tenía dolor de cabeza, y por eso amanecí cansado, a las cinco de la mañana, bajo la choiva1)choiva, s.f. gallego = lluvia sutil e interminable de este invierno sin ganas de salir. Que ya es un absurdo, o por lo menos un punto interesante, y si no llegara a ser un punto sería a lo sumo una coma: porque el invierno siempre tiene ganas de salir. Mientras que yo no: yo no quería ir a trabajar, quería que alguien me durmiera por fin. Y cargando con el acervo de esta muerte, inminente por definición, se abrió desganadamente camino entre mis pensamientos una impertinente certidumbre: «el mundo, él que yo conozco, de no haber sido inventado, ¡existiría! que es la típica postura del realista escéptico. Aunque, de repente, un alarde nihilista me impulsó a acotar esa acción hipotética entre signos de interrogación, y me pregunté: ¿existiría?»

¿Existiría, el mundo, si nadie lo hubiese inventado? Tan pronto como verbalicé esa inocente duda, me di cuenta de como las palabras que componían dicha frase actuaran ante el mundo y mi mismo como un hechizo, causado por tal formula mágica, donde todo, hasta parte de mi conciencia se esfumó; y ante mis ojos presencié a la desaparición del mundo entero. Solo entonces, al quedarme solo, me dormí, raptado por un sueño sin fin, acunado por la sin gravedad de la Nada donde mi cuerpo nadaba sin rumbo. Por fin: ya tengo a mi respuesta: no: no existiría el mundo. Mejor dicho: no existe; porque la nada tiránica no admite hipótesis. Lo malo es no poderse rebelar. Sería suficiente encontrar a otro ser humano y plantearle la misma pregunta que rebotó sobre las paredes de mi cuarto, borrando al mundo, para devolver a cada cosa su existencia primitiva. Llevo mucho tiempo abandonado en este lugar solitario.
De vez en cuando vislumbro a una persona, sobre la línea del horizonte, y espero, en vano, que se dirija hacia mi.

Note   [ + ]

1. choiva, s.f. gallego = lluvia